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Los estudios sobre el Romancero llevados a cabo en los últimos decenios han permitido caracterizarlo como un género muy codificado, sujeto a unas reglas poéticas
de realización muy precisas. Las fórmulas, los motivos, el léxico... — el lenguaje figurativo-formulario de que habla D. Catalán identifican al texto romancístico y lo
catalogan dentro de un grupo literario específico, siendo posible percibir, además, como hace F. Salazar, que la codificación actúa a niveles muy profundos, conformando “una matriz lingüística a la que se han ido amoldando los relatos orales cantados a lo largo de siete siglos de ininterrumpida fluidez; una gramática que organiza los textos según sus propias reglas aunque el origen de los mismos se rija por otro molde formal o por
otra organización discursiva, en otras palabras, sea cual sea la fuente textual singular por la que pasó a folclore”.
Pero si hay un lenguaje romancero que se actualiza en
cada acto de performance, no es menos cierto que las marcas identificadoras actúan de
forma decisiva en los principios del romance.